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jueves, 11 de diciembre de 2008

HOMBRES DE COMPAÑÍA

He pasado dos días en Shinjuku y en la zona de Kabuki-cho, en el centro de la gran ciudad de Tokio. Para todos aquellos vírgenes en materia simplemente decir que Shinjuku es un lugar sorprendente, sobre todo para los viajeros ávidos por conocer cosas nuevas. Imagino que los que viven por aquí y se pasan los días rodeados de tiendas, comercios, otakus y hombres de compañía todo les resultará de lo más normal. Pero normal, lo que entendemos por normal, no es.




Ayer por la tarde (a partir de las 4 aquí ya es de noche) estuve grabando a Isabel Coixet que está rodado Map of the Sounds of Tokyo. La secuencia se desarrollaba en Kabuki-cho, con Sergi López y Rinko Kikuchi. Terminan el rodaje em Tokyo el 23 y continúan en Barcelona en enero, 2009.

Por una de esas interesantes casualidades de la vida me encontré con Aitor Berenguer, con el que trabajé en dos pelis, y tiene nada menos que 55 títulos en su currículum. Es un crack del sonido, de los mejores, fascinado con Tokio tras cinco semanas de rodaje. Básicamente alucina con todo en la zona, igual que todo el que llega por primera vez.

Mientras hablábamos de lo que nos queda por ver y los nuevos rodajes en España pasaban coches de los yakuzas, lentamente pues las calles en esta zona son estrechas, con las ventanas de atrás ahumadas y en algunos casos cortinas. Kabuki-cho es la zona donde viven los yakuzas, donde hay más love hotels de la ciudad de Tokio por metro cuadrado, donde viven los inmigrantes coreanos y donde el sexo se mueve a un ritmo trepidante.





He vuelto al día siguiente. Con la luz los lugares cambian casi de forma y la fauna que habita el área se mueve a un ritmo diferente. Me he dedicado a hacer fotos, con mis andares de turista, aunque un francés que me encontré por la calle me dijera que parecía japonesa y yo a él que parecía español... Básicamente, pese a mi interés personal, le había prometido a Leandro Herrero, que tiene un blog que mola, y que está añadido a los links de esta página, que le enviaría fotos del Tokio que él quiere ver, y no tanto surfero y tanto templo. Pues bien, ahí van las fotos para deleite de sus ojos. En mi caso llevo días comiendo poco por la boca. Lo hago con el resto de los sentidos: la vista, el olor, el sonido, el tacto... Lo poco que como es sushi, sashimi, gyoza, wasabi en cantidades asombrosas, ocha (te verde) y de vez en cuando helado de matcha.



Aparte de la locura de los love hotels que los japoneses usan a diario ya que muchos jóvenes viven con sus padres y van ahí con sus parejas, descubrí algo que desconocía y que me ha llevado toda una tarde comprender. Hay unos tipos peculiares, todos clavaditos de imagen, mismo corte de pelo, similar color, ropa exquisita y aparentemente moderna, cejas arregladas, mirada coqueta y andares de loca en fase soy cool, que viven de las mujeres. Esto, a simple vista, ocurre en todos los lugares del mundo. Pero en Tokio hay cientos, se anuncian en grandes carteles con sus caras bonitas, tienen sus rankings top ten y además, por lo general, no practican sexo.



Son hombres de compañía que reclaman las mujeres durante unas horas para pasar el rato. Cobran por estar con ellas, por su charla e imagino que por su look, para mi gusto desagradable. Lo cierto es que estos jóvenes se creen guapos y se contonean por las calles de kabuki-cho, su territorio natural, como si fueran irresistibles. Compran en Loewe y en Channel, los que pueden (imagino que del top five para arriba, que ganan más, pueden llegar a ganar hasta 9.000 euros al mes). Las japonesas, algunas extranjeras también, se los rifan. Les hacen todo tipo de regalos y ellos, algo totalmente previsible, se dejan querer. Isabel Coixet ha metido alguno de extras en la peli y yo les he congelado en la cámara. No tenía ninguna intención de pasar un rato con ellos ni pagar por sus servicios.

De momento me vale con los japoneses normales, esos trabajadores de trajes negros, azules y grises que pueblan los metros y los trenes de la ciudad. Esos cuya timidez me abruma y me recuerda que la educación japonesa, en algunas pocos aspectos, básicamente emocionales, está un poco demodé. También me ha sorprendido encontrar tiendas de ídolos masculinos en el barrio coreano y como señoras de todas las edades se volvían locas buscando y comprando al guapo de sus sueños.



A saber que harán con la dichosa postal ¿la pondrán en el coche como si de un santo se tratará? ¿Bajo el futón o la almohada de bolitas que es tan incómoda, aunque dicen que sana? ¿La llevarán en el bolso y la sacarán en aquellos momentos privados cuando van al baño? Lo ignoro, pero reconozco que me he quedado con ganas de preguntarlas. Después de caminar entre los hoteles del amor con una temperatura de 16 grados me he ido a la calle más comercial de Shinjuku a comprar varios libros a Kinokuniya, una de las mayores cadenas de librerías de Tokio.


La de Shinjuku tiene ocho plantas y en la séptima se pueden encontrar publicaciones en inglés y francés. He adquirido un dos libros de Osamu Dazai, dos sobre la historia de la literatura japonesa, uno sobre cultura japonesa y un fantástico libro, The Haiku Handbook, de William J. Higginson. En él encuentro un haiku del sensei Konayashi Issa (1762-1826), uno de los grandes:

aki no yo ya / tabi no otoko no / harishigoto

que traducido al inglés dice:

autumn night... / a travelling man´s / needlework

OYASUMI

viernes, 24 de octubre de 2008

PANTALLAS LUMINOSAS

Vas a un concierto de un tipo que desde que inició su carrera musical tenía a las groupies esperando a la puerta de su camerino. Su bajista salía a elegir la carnaza que esperaba, contenta y caliente, de ser un cuerpo de una noche para unos que sudan en el escenario, salen en las revistas y se cuecen para celebrar el final del paripé. Aunque para ellos el paripé sigue en versión me follo lo que quiero. La nenas me esperan, tengo cientos y más deseando mi cuerpo, el que robé a Jim Morrison y con el que profetizo en las tierras de habla hispana. Una puesta en escena sencilla pero animada, rojos y ocres, negros y plateados. La luz. La luz se hace en el escenario. A las groupies se le mojan la bragas y a las ya casadas, las que lo fueron hace años, se les pone una sonrisa de papel en la cara mientras aprietan la mano del ya marido como diciendo:
- ¿Te acuerdas de cuándo hacíamos el amor en el coche y le escuchábamos?
Y el marido ni contesta. Es posible que ese tipo de voz codiciosa y poética, de seductor y mesiánico, casi que impostada y aprehendida durante su trayectoria en los escenarios, se la haya jugado pero bien. Ni lo sabe. Ni le importa. ¿Y si su mujer hubiera hecho el amor con él pensando en el cantante del aura móvil? Qué más le da, dos hijos, un coche, una casa... Y vámonos pronto del concierto que mañana se labora. Por suerte tú no estás casada, aunque muchos opinen lo contrario.
Ya no tienes 23, aunque en nuestro tiempo la edad no se decide en el pasaporte. No fuiste groupie, ni antes ni ahora. Aunque algunos podrían nombrarte tres situaciones vergonzantes. Pero eso duró lo que dura saber que todo es de cartón piedra, tan falso como los políticos en plena campaña electoral. Ya no vas a un concierto donde el gas de los mecheros se enciende dando calor y apoyo a los músicos. A vista casi de pájaro es un espectáculo luminoso, una lluvia de estrellas para el corazón, un llama de esperanza que no dice más que
- Joder, me estoy quemando el dedo.
Ahora los conciertos son cyber, como tu vida, como tus bragas, como tus excrementos. Los políticos, los ecologistas, los siniestros y los curas. La llama del mechero ya no existe. En su lugar se han implantado cientos de luces azules y blancas, haces luminosos que salen de una pantalla de un móvil, una pantalla de una cámara fotográfica, una pantalla del presente. Esa lluvia de estrellas para el corazón ahora es una nube de luz fría, una luz animada que ilumina el cotarro de la oscuridad de las groupies treintañeras y sus parejas. El espectáculo es siniestro. Parece bonito. No lo es. Más de 70 vídeos, más de 1000 fotos, más de 200 montajes coparán la red hablando de ese concierto. Ese u otros, qué más da. Serán muchos puntos de vista, pero en el fondo, uno solo. La sociedad limitada, creyéndose con el poder de compartir y enseñar, cuando lo único que hacen es inundar de vacío una realidad incompetente para un progreso seguro. ¿Será que tú no eras groupie y tu percepción del mundo está equivocada? ¿Será que ni llama ni pantalla?
Sales del concierto después de hablar con varios: casados y solteros. Y algunos opinan lo mismo que tú. Solo que tú no creas opinión pues no te recreas en la falsa realidad para publicitarla con tu orgullo del pertenecer. Menos mal que no tenías novio con coche, menos mal que no fuiste groupie, menos mal que no das botes en los conciertos sosos, sabes que se te terminarían cayéndo las tetas, luego querrías operarte y luego le mandarías fotos al tipo del concierto, al que te follaste con 17, y le escribirás lo siguiente:
- Tengo 35 años, dos hijos estupendos, un marido que me quiere y me entiende, pero desde que te escuché con 15, no puedo vivir sin tí. He abandonado a mis hijos y a mi marido, he ido a todos tus conciertos, y de tanto bailar en ellos mis pechos se derritieron. Ahora que tengo suficiente plata me los he operado. Me han quedado preciosos, tal y como tú me decías que eran aquella noche que me elegiste entre 12 chicas que esperaban a tu puerta. Me lo dijiste después de tres copas de whisky y dos rayas... Y te aseguro que es la frase más bonita que nadie me ha dicho jamás. Ahora quiero volver a verte pues se que tú te acuerdas de mí.
Menos mal que en su lugar te fuiste a casa a leer Storytelling y Red Colored Elegy.

jueves, 18 de septiembre de 2008

FLAUTISMO


Tras una máscara de arcilla, una voz serena silba a las montañas: Flautismo. Esta es la corriente filosófica, política y vital que en parte me gusta, la que me hace sentir despejado y en armonía con la naturaleza. En el Flautismo no existen los impuestos, ni el petróleo, ni el ladrillo... Tiene como el Platonismo, el Nihilismo, el Hedonismo, el Anarquismo, el Comunismo, el Socialismo, el Liberalismo y/o el Fascismo sus grandes contradicciones, pero si algo tiene de particular es que está por encima de todos ellos, no suponiendo más que una simple pincelada de la complejidad de algunos de los anteriores. En el Flautismo prima la felicidad, esa felicidad de la que habla Luis Landero, la del vaciyelmo, un híbrido entre lo bello y lo feo, entre lo maravilloso y lo asqueroso. En conjunto termina ganando el lado positivo, el más que proviene del menos. Menos es más. Esa es la esencia del Flautismo. No necesitamos tanto… Ropa, consumo, televisión, basura, ladrillo, asfalto, polución, estrés, tensión. Es más, no lo queremos. En nuestra filosofía Flauty, vitalista y condescendiente, todos son bienvenidos; no importa la religión, el sexo, el color de piel, lo limpio o sucio que uno sea (aunque se prefiere gente aseada), los centímetros de altura que uno mide, las enfermedades mentales, las opciones de vida. Importa tan solo una conciencia de comunidad: vive y deja vivir. Contempla y deja contemplar. Disfruta y deja disfrutar. No jodas. No molestes. No agredas. No ensucies.


El Flautismo crece con sus perros y casas flautas, ocupaciones de mayor o menor envergadura hechas con las propias manos de uno, diseñadas cada día con materiales reciclados, asentadas sobre bases sólidas de miles de años pobladas por pueblos fenicios, romanos, cristianos, moros, moriscos, ingleses… Se da en muchos rincones del mundo, pero es el en Paraíso donde es ejemplar. En el Paraíso conviven alemanes, andaluces, hippies tranochados, bohemios que detestan el ruido y buscan la paz, lectores de cualquier incunable que caiga en sus manos, amantes de la verdadera naturaleza, creadores, pintores, constructores, agricultores, panaderos, djs, fumadores… Se fuma mucho en el Paraíso después de que Adán y Eva se dejaran llevar por los animales rastreros y ya no fueran tan simpáticos a los ojos de dios. Pero es una manera de ocio menos dañina que el acoso laboral, el robo descarado, la envidia o la avaricia. Los flautistas que viven en el Paraíso no solo fuman, también divisan las aguas cristalinas y los barcos de moros que se esconden en el tiempo tras las rocas, en espera de atacar a algún barco español repleto de monedas para los Reyes Católicos. En esta corriente y actitud no se participa en actos vandálicos. Solo en actos solidarios. Si un barco vara en la orilla entonces los habitantes del Paraíso, donde la desnudez es síntoma de sanidad vital, corren a ayudar al capitán. No cesan en el empeño hasta que no lo consiguen.



Pero como en todas las corrientes políticas y filosóficas no todos los que conforman el grupo actúan con excelente integridad. Unos pocos dejan que desear. Aunque bien sabemos que eso poco importa si esa falta de excelencia no se traduce más que en dejadez. Se trabaja por el bien de la comunidad y no se caben los actos vandálicos. Se vive el día a día con verdadera fruición y contemplación de la naturaleza. Pocos lugares como estos existen, donde el capitalismo casi no haya hecho mella, es más, se le relega al lugar donde tiene que estar: a las cloacas de los cagones de fines de semana. Y ahí si que huele mal.


Creo que sin sentirme de aquí ni de allí, sin ser esto o lo otro, reconozco que aquello regala mayores satisfacciones. El Flautismo, como fórmula de escape de la atrocidad, es casi perfecto para creer de nuevo en el concepto de comunidad sin aberraciones, comunidad sin negación de uno mismo, comunidad intregradora y no desintegradora. En resumen, el Flautismo viene a decir: la naturaleza ofrece bienes a cambio de respeto. Y respetando la naturaleza nos estamos respetando a nosotros mismos, ya que nosotros, en conjunto, no somos más que parte de ella.