Así es, un libro cerrado no es más que un volumen que ocupa un espacio sin dueño (¿Será el espacio la excusa para su exterminio?). Para poco sirve si no se abre -aunque en algunas casas lo utilicen para "rellenar" las estanterías, "decorar" las habitaciones, o "calzar" las mesas cojas-. Pero un libro abierto, uno de los buenos, esos que te llevan de viaje, que te enseñan y te conmueven, un libro pensado, realizado con sangre y sudor de un ser que sufre por los demás, que entiende, y que apenas puede hacer más que gritar y vomitar su rabia sobre una hoja en blanco, como así hicieron muchos, Kafka, Gombrowicz, Lezama Lima, Modiano, Mishima... Uno de esos no ocupa, sino que se filtra a través de los ojos y se convierte en materia prima para generar nuevas "ideas" unidas a las que ya lleva uno consigo durante años. Ahora que vivimos perdidos todos (aunque sobre esto habría mucho que decir -más bien ahora nos estamos encontrando, pues antes sí que estábamos perdidos sin darnos ni cuenta-), tan solo nos quedan ciertos libros ¿pero qué libros? ¿Quién los elige? ¿Por qué? ¿Para qué...? Abro libros elegidos, libros queridos, aquellos que pasan de mano y mano y entre medias surge la caricia. Una sonrisa tenue, un ayer. Un poco de Virgilio Piñera. Un poco de amor. Libros y palabras. A veces uno quisiera callar, como así hago durante largas temporadas. Tanta información, tanto destello baladí, tan triste la realidad que nos rodea, tan miserable el comportamiento de los herederos... ¡Siempre tememos ser bombardeados! Lástima.
jueves, 3 de diciembre de 2009
VIRGILIO PIÑERA
jueves, 14 de diciembre de 2006
CONFIDENCIAS DE YUKIO MISHIMA
"Los padres son el mal mismo; representan todo lo feo que hay en el hombre.
No existe nada parecido a un padre bueno, pues el papel de padre es malo en sí mismo. Padres estrictos, padres blandos, padres agradables y moderados... son todos a cual peor. Se plantan en medio de nuestro camino hacia el progreso, tratan de cargarnos con sus complejos de inferioridad, con sus aspiraciones insatisfechas, con sus resentimientos, con sus ideales, con las debilidades inconfesas, con sus pecados, con sus sueños más dulces que la miel, con las máximas que no han tenido el coraje de seguir... Les gustaría descargar en nosotros toda esa porquería. ¡Toda! Ni siquiera son diferentes los padres más negligentes, como los míos. Les remuerde la conciencia por no haber hecho el menor caso a sus hijos, y quieren que los chicos entiendan cuan intenso es su dolor. ¡Quieren compenetrarse con ellos!
En Año Nuevo fuimos a Arashi Yama, en Kyoto, y cuando estábamos cruzando el puente de las Lunas le pregunté al viejo: "Papá ¿existe alguna finalidad en la vida?" Ya veis adonde quería ir a parar, ¿no?; lo que en realidad quería decir era: Padre, ¿puedes darme siquiera una razón para seguir viviendo? ¿No sería mejor desaparecer cuanto antes? Pero una insinuación de primer orden nunca logra llegar a un hombre así. Se limitó a mirarme sorprendido y con ojos de loco. Odio ese tipo de ridícula sorpresa adulta. Y cuando respondió por fin, ¿qué creéis que me dijo?: "Nadie va a proporcionarte una finalidad en la vida; tienes que encontrar una por ti mismo".
¿Que os parece esa moral estúpida y trillada? Se limitó a apretar un botón y ¡ahí tenéis!; con una sola frase se quitó de encima toda la responsabilidad de un buen padre".
Un silencio para la reflexión sobre la figura de los padres...
Yukio Mishima. El marino que perdió la gracia del mar. Título original: Gogo no Eiko. Alianza, 2006
