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lunes, 3 de noviembre de 2008

FIEBRE DE LOS ENAMORADOS

Ya sabes que el hospital no es un buen sitio para pasar un domingo, aunque te acompañen buenos amigos y terminéis riéndoos por las esquinas, con tu manera carecterística de reirte de todo lo cotidiano, mientras los que esperan su turno os miran mal. A mí tampoco me gusta, no te creas. Pero se que tú, en el fondo, le estás cogiendo cariño a eso de ir a urgencias, pasar allí unas horas, esperar tu turno y que te digan algo así como: "posiblemente tienes la enfermedad del beso".
¿La enfermedad del beso? O sea, que a partir de ahora tienes que pensar en todas aquellas personas que te han besado últimamente, o lo que es peor, las personas a las que tú has besado y posiblemente les hayas transmitido la dichosa fiebre de los enamorados.
- No -te dice la doctora-, tampoco es eso. La mononucleosis o enfermedad del beso no se contagia solo a través de la saliva, puede ser compartiendo una bebida o estando muy cerca de algún portador, o por una transfusión de sangre...
Te tocas el cuello. Dos bultos han convetido tu cuello en el de Terminator, y después de verle en todos los periódicos sonriendo cínicamente junto con McCain, te da que pensar que no parece nada normal. Ni tu cuello ni los suyos. Sientes los ganglios inflamados, dolor de cabeza y de oídos. Si yo tuviera esa enfermedad me cuidaría mucho de acercarme a la gente. La inflamación de los ganglios de todo el cuerpo, del hígado y del bazo -que puede llegar a explotar-, las manchas rojizas por el cuerpo y la fiebre no resultan muy alentadores.
La doctora te dice que no puede hacer un análisis exhaustivo y que debes ir a otro hospital donde te harán análisis de sangre y el test de Epstein Barr, para ver si realmente padeces y portas mononucleosis infecciosa. Cuentas a toda la gente que posiblemente has infectado: a John, a Layla, a Marylin, a Ryu, a Melvin, a Vincent, a Roger, a Lilith, a Robert, a Lucas y alguno que te dejas por el camino. Bien pensado no son tantos pero si ellos a su vez besan a otros tantos la enfermedad del beso se extendería como el sida en África y los bazos se convertirían en minas antipersonas dentro del mismo cuerpo. Menos mal que yo no he sufrido esa maldita fiebre. Menuda gracia...
Cuando llegas al hospital la cabeza te duele más. Tu hipocondria te lleva a pensar que no solo vas a morir en breve, en manos de tu propio bazo, sino que tu amor va a matar a unos cuantos, una especie de estallido en cadena. Y allí, mientras lo imaginas, escuchas gritos de moribudos, ves mujeres en silencio esperando el momento de su adiós, gays quejicas que no paran de dar alaridos porque les duele una pierna, hombres con lumbago porque han llevado a espaldas a sus hijos, niños con dolor de estómago porque se han dado un atracón de gominolas... Allí ves tu sangre entrar en una jeringuilla. Allí esperas a que te den el veredicto mientras piensas todas las salivas que han entrado en tu boca, todas las bocas que han recibido tu saliva: bastantes. Todas las transfusiones de sangre que te han hecho: ninguna.
El médico te dice que has dado negativo. Lo que tienes no se sabe qué es. Y tú te preguntas si es mejor o peor saber que portas o no la fiebre de los enamorados, o saber o no qué es lo que realmente tienes. Sea lo que fuere sabes que has estado siete horas entre médicos y enfermos, escuchando historias y viendo la muerte de cerca, la tuya y la de los demás, sabiendo que ellos, los médicos de urgencias, se pasan los días con pacientes como tú, luchando por dar respuestas y resolver problemas, a veces, sin poder hacerlo.
Yo que tú no besaría a nadie, así, a la ligera. Aunque yo se que a tí te encantan los besos, los de verdad, los que se dan con el corazón y con esos labios que echas menos. Yo que tú dejaría de ir a los hospitales. Así seguro que ninguno de los dos perderíamos el tiempo. Por cierto, un beso de despedida, querido, pero a distancia, que así no nos pegamos nada.