lunes, 24 de noviembre de 2008

SAKE: LA ARMONÍA ENTRE DOS SABORES

Los sueños que se trasladan a la ficción, la ficción que se convierte en realidad y la realidad que se crea con la ficción… El vapor del sake emana entre la sonrisa que se dibuja en mi cara contemplando la imagen con la que llevo años soñando: unos pechos erguidos, bajo mi sujetador apretado. Estoy radiante. Encantado de sentirme apresado por gomas que aprietan mi pecho tendente al esparcimiento; de haberlo comprado por internet en Rakute; de estar dentro de los top ten compradores; de pasarme dos horas contestando en Mixi a los detractores del invento tan necesario y de haber ido con él a la fiesta privada que organizaba la embajada americana en Roppongi Hills para celebrar la victoria de Obama.
Al principio del acto el embajador me siguió con la mirada hasta que me acerqué a su lado. Me dijo que me veía fantástico. Estoy estupendo. Soy un hombre nuevo -contesté. Me dio dos palmadas en el hombro y me pidió una reunión en privado para el jueves siguiente. Gracias a mí se firmó en enero del 2007 el acuerdo entre Visa y Nokia para pagar con el móvil. Ultimamente la cosa se estaba complicando y había presiones de varias empresas financieras y de telefonía tras el cambio de gobierno en Estados Unidos, y yo esperaba con ganas el momento de los acuerdos para ganarme mi sueldo como el mejor negociador de la ciudad. Él tenía otros compromisos que atender y sonrisas que fingir mientras yo, un héroe de guerra reconocido en exclusivos grupos sociales, tomaba Junmai –sake de arroz puro y de cuyo preparado consigue un balance perfecto entre dulzura y sequedad (amakuchi y karakuchi)- junto con una geisha y una azafata robot que tenía un repertorio limitado. A pesar de todo su tono cadencioso me gustaba. Fue a ellas a las que conté mi sueño secreto: Siempre quise saber qué se siente llevando un sujetador a tu medida. Los de mamá que me había probado de pequeño no me sentaban nada bien. Pero ahora con un pecho prominente, podía sentirme por fin realizado. La geisha, que a su vez contó que ella está cansada de sodomizar a sus clientes, me felicitó por el hallazgo y porque gracias al mismo ella conseguiría hacer felices a unos cuantos. Imagino que al mismo embajador que la miraba obnubilado con ganas de terminar el protocolo. La azafata robot simplemente respondió en un inglés perfecto: Muchas gracias señor. ¿Quiere un poco de sake? Miré mi vaso vacío. Ya no quería más sake, ni más fiesta, ni más palmadas en el hombro. Quería sentirme realizado con mis ataduras, las que yo eligiera, no las de los demás. Me fui a la francesa aprovechando el inicio del discurso del embajador junto a su mujer mientras algunos fotógrafos buscaban la falsa imagen de una realidad, una imagen falsamente agradable. El frío me golpeó con insolencia al salir del calor político. La calle y los coches. El asfalto mojado y brillante. Paré un taxi y me acurruqué en la parte de atrás. El taxista era mayor y parecía aburrido de la vida. Los neones tokiotas llamando la atención de mis ojos dormidos y yo apresado y cómodo dentro de mi sujetador rosa. Tenía ganas de llegar a casa.
Llego con una sonrisa sobrecogedora. Mi mujer es médica y ya hace años que tiene horario nocturno. Yo negocio y bebo sake mientras el espíritu de mi madre se sienta a mi lado y me dice: Hijo, pues mira que te sienta bien ese sujetador. Lo se, madre.
Estoy encantado de saber que no voy a negociar nada. Que dejo el trabajo en manos de otro sin sujetador. Que a partir de hoy me voy a dedicar solo a lo que me gusta. Y que aunque crean que haciendo realidad mis sueños me van a mantener como un esclavo de su sistema, ya acabo de negociar conmigo que no. Que con el pecho oprimido uno ya se vale consigo mismo para ahogarse. Y que mi madre ya se puede ir a dar una vuelta pues ya puedo poner la mesa solo, cocinar, planchar y limpiar con el aspirador. Cuando llegue mi mujer verá la cena encima de la mesa. La casa perfecta. Cenaremos, le ataré las muñecas con mi sujetador y luego, por primera vez en tres años, haremos el amor sobre el tatami.


5 comentarios:

amor dijo...

bonito cuento, twiggy

un saludo

Alberto M dijo...

Estás majara, tía.

Alberto M dijo...

:)

Pero qué salá eres y qué loca estás.

2Win dijo...

Aberto, cuéntame tus planes kafkianos de esta semana a ver si coinciden con los míos de la asociación y me despido antes de irme al país de la locura, el que me provoca el majarismo que tanto te sorprende en una chica como yo en un sitio como este. Fíjate, que no lo entiendo. Creo que de tal y como pintan las cosas deberíamos estar todos más locos. ;)

Alberto M dijo...

Estoy con trancazo, Twig; si no, a lo mejor hoy mismo me habría acercado. Iré el jueves, me creo, sobre las cinco. Ya te confirmaré.

Y no, no me sorprende en absoluto lo del majarismo y sí creo que sería más fácil que estuviéramos todos, como mínimo, un poquito más majaras.

Ojalá nos veamos, pero si no, oye ¿en Japón, con todos esos ruidos de los trastos, no te volverás majara también?